En el año 382 regresó a Roma y allí permaneció tres años. Jerónimo ofició como guía espiritual de un grupo de mujeres, aristócratas pertenecientes al patriciado romano cuyo centro de «espiritualidad » era un palacio del monte Aventino de una de sus discípulas. La dirección espiritual de mujeres le valió a Jerónimo críticas por parte del clero romano, que llegaron incluso a la difamación y a la calumnia. Ya se sabe cómo es la maledicencia, e imagino que harían circular toda una serie de medias calumnias en forma de duda, rumores como: ¿qué que es lo qué pasaba en ese palacete Aventino?, ¿qué por qué solo con mujeres de la aristocracia patricia?, ¿qué si así combatía su sensualidad y voluptuosidad autoconfesada?, ¿Qué porque no el desierto o el cenobio, pero si el palacio?. Nada a lo que hacer caso y tener en cuenta, habladurías rijosas y malolientes; la envidia cochinera que convierte en grisalla la biografía del más pintado santo, padre de la iglesia y doctor de la misma. No creo yo que viniera a Roma a saciar tan torpemente las quemazones espirituales que le surgieron en el desierto de la Tebaida.

Ilustración 1: Santa Paula de Roma, la primera monja.

Además, un buen ramillete de sus discípulas terminaron siendo santas de la iglesia católica, como para poner en duda su virtud y piedad de una manera tan tosca. Recopilemos esta camarilla de santas del monte Aventino que rodeaban al bueno de San Jerónimo. Santa Paula de Roma la más fiel y preeminente de sus discípulas, que junto a él fundaría la Orden de san Jerónimo y por tanto es considerada como la primera monja de la historia. Santa Eustoquio, hija de la anterior, a la que le envió varias de las epístolas de las que nos hemos hecho eco, aunque la más famosa de las epístolas que le endosó fue una sobre la virginidad. Santa Marcela, la dueña del palacio Aventino, con la que también mantiene una amplia relación epistolar. Santa Blesila, hija de la primera y hermana de la segunda, y la cosa de la santidad continuó con los nietos; eso sí, los maridos ni uno llegó a santo, curioso. Es indudable que Jerónimo sembró bien sembrada su semilla en esta familia. Posteriormente Santa Fabiola de Roma, divorciada y casada en segundas nupcias cuando abrazó la fe, lo cual no la impidió ser santa; eran otros tiempos en la iglesia católica según se ve.  En fin, que en el palacio Aventino olía a dulzona santidad contenida y no a acre feromona desbocada.

Ilustración 2: El papa Dámaso I, protector de San Jerónimo

Por otro lado, y en contraposición, también le recriminaron y le acusaron, trayéndole envidias y rencores, de ser demasiado estricto, demasiado severo y rudo en su ministerio ya que afirmaba cosas del estilo: «las señoras ricas tenían tres manos: la derecha, la izquierda y una mano de pintura», o » que a las familias adineradas sólo les interesaba que sus hijas fueran hermosas como terneras, y sus hijos fuertes como potros salvajes y los papás brillantes y mantecosos, como marranos gordos». Toda la vida tuvo un modo duro de corregir, lo cual le consiguió muchos enemigos.

Pero dejándonos de chascarrillos de vieja de mentidero, cuando él llegó a Roma se nombró como secretario del papa Dámaso I a San Ambrosio, pero cayó enfermó y no pudo desempeñar el cargo. Entonces nombraron a Jerónimo como secretario del papa San Dámaso, que era poeta y literario. Sobre todo, como encargado de redactar las cartas que el Pontífice enviaba.

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