Hacia el año 373 ha llegado a Atioquía (en la costa de la actual Turquía), viaje en el que dos de sus compañeros fallecen y él cae seriamente enfermo varias veces. Algunos autores afirman que fue aquí donde sufrió la llamada de su vocación o crisis de fe y no en las Galias. Estudia a escritores cristianos y enseña a un grupo de mujeres. Allí fue ordenado presbítero. Deseando intensamente vivir en ascetismo y hacer penitencia por sus pecados, Jerónimo marchó al desierto sirio de Qinnasrin o Chalcis o Calcis («la Tebaida siria»), situado al suroeste de Antioquía, durante dos años. Rechazaba especialmente su fuerte sensualidad, su terrible mal genio y su gran orgullo. Pero, aunque allí rezaba mucho, ayunaba y pasaba noches en vela, no conseguía la paz y descubrió que tampoco estaba hecho para tal vida de eremita a causa de su mala salud; «su destino no era vivir en soledad», según él mismo afirma.

Ilustración 1: Visión moderna de los eremitas en el desierto.

Hay dos textos del propio Jerónimo que no me resisto a mencionar sobre esta época, el primero es una carta a Santa Eustoquio: «Yo, que por temor del infierno me había impuesto una prisión en compañía de escorpiones y venados, a menudo creía asistir a danzas de doncellas. Tenía yo el rostro empalidecido por el ayuno; pero el espíritu quemaba de deseos mi cuerpo helado, y los fuegos de la voluptuosidad crepitaban en un hombre casi muerto. Lo recuerdo bien: tenía a veces que gritar sin descanso todo el día y toda la noche. No cesaba de herirme el pecho. Mi celda me inspiraba un gran temor, como si fuera cómplice de mis obsesiones: furioso conmigo mismo, huía solo al desierto… Después de haber orado y llorado mucho, llegaba a creerme en el coro de los ángeles».

Ilustración 2: Las bailarinas o danzantes romanas que eran la tentación de San Jerónimo.

El segundo texto también es de esta epístola y afirma: «En el desierto salvaje y árido, quemado por un sol tan despiadado y abrasador que asusta hasta a los que han vivido allá toda la vida, mi imaginación hacía que me pareciera estar en medio de las fiestas mundanas de Roma. En aquel destierro al que por temor al infierno yo me condené voluntariamente, sin más compañía que los escorpiones y las bestias salvajes, muchas veces me imaginaba estar en los bailes de Roma contemplando a las bailarinas. Mi rostro estaba pálido por tanto ayunar, y sin embargo los malos deseos me atormentaban noche y día. Mi alimentación era miserable y desabrida, y cualquier alimento cocinado me habría parecido un manjar exquisito, y no obstante las tentaciones de la carne me seguían atormentando. Tenía el cuerpo frío por tanto aguantar hambre y sed, mi carne estaba seca y la piel casi se me pegaba a los huesos, pasaba las noches orando y haciendo penitencia y muchas veces estuve orando desde el anochecer hasta el amanecer, y aunque todo esto hacía, las pasiones seguían atacándome sin cesar. Hasta que al fin, sintiéndome impotente ante tan grandes enemigos, me arrodillé llorando ante Jesús crucificado, bañé con mis lágrimas sus pies clavados, y le supliqué que tuviera compasión de mí, y ayudándome el Señor con su poder y misericordia, pude resultar vencedor de tan espantosos ataques de los enemigos del alma. Y yo me pregunto: si esto sucedió a uno que estaba totalmente dedicado a la oración y a la penitencia, ¿qué no les sucederá a quienes viven dedicados a comer, beber, bailar y darle a su carne todos los gustos sensuales que pide?»

Y lo que yo me pregunto, a su vez, es que haría el bueno de Jerónimo en Roma en sus años de formación para que sus recuerdos le acompañaran hasta el más recóndito desierto, mortificándole con deseos lascivos recurrentes años después de haber escuchado la llamada de su vocación. Mucho querer imitar a Cicerón, sí, pero sin perdonar ni una de las bacanales y orgias que Roma le ofrecía cada noche, eso me temo. ¡Hay esas danzas de doncellas y contemplaciones de bailarinas!, le dejaron una huella indeleble en sus meninges. No se le iban esas quemazones del espíritu o esos fuegos de voluptuosidad, que le vamos a hacer, cada uno tiene su propio talón de Aquiles.

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